Durante la segunda mitad de la década de 1920 se organizaron en ambas costas del Atlántico norte numerosas exposiciones de los más recientes hallazgos arqueológicos de Mesopotamia. Las Tumbas Reales de Ur acababan de ser descubiertas y la leyenda de la reina Puabi sólo era comparable con la de Tutankamón. Las excavaciones, por parte de potencias coloniales como Francia, Reino Unido, Alemania y, posteriormente, Estados Unidos, se remontaban a la Guerra de Crimea, entre 1853 y 1856. Aprovechando la presencia de tropas occidentales en territorio otomano y tomando ventaja de la inestabilidad política, se crearon las condiciones óptimas para establecer campamentos arqueológicos en Oriente Próximo.

Se impuso que la tierra era de quien la estudiaba y no de quienes la habitaban. Los arqueólogos de las primeras misiones fueron, en su mayoría, también militares. La estricta jerarquía relegaba a los nativos a la apertura de trincheras y otras tareas físicas, para las que también se emplearon prisioneros. Para el control del terreno se utilizaron técnicas modernas de dominación geográfica, como fotografías aéreas y detallados mapas militares. Henry Hall y Charles Leonard Woolley, el famoso descubridor de las Tumbas Reales de Ur, escribían en 1927: «It is curious that the first excavations of the British Museum on this site should have taken place during the Crimean War, and the next during the Great War of 1914-18. In each case war gave an opportunity to archaeology».

Tras ser desenterrados, los objetos eran minuciosamente descritos y catalogados. Los contornos de las figuras se transcribían en hojas cuadriculadas y las piezas y fragmentos eran fotografiados desde varios ángulos sobre fondos contrastados. De los yacimientos, los objetos pasaban a las mesas de trabajo, para luego ser depositados en cajas que eran enviadas a los países que financiaban las expediciones. En los museos o las universidades de destino, las cajas se vaciaban y las piezas se colocaban sobre mesas para certificar el estado de conservación. Seguidamente, se ubicaban en otras cajas, en este caso vitrinas de exposición transparentes. En adelante, para cualquier desplazamiento de las piezas se requeriría de una logística idéntica: de la mesa a la caja, de la caja a la mesa, de la mesa a la caja, etcétera.

Los hallazgos arqueológicos, en especial las estatuillas antropomórficas, fueron objeto de discusión estética. Entraron en la Historia del Arte. Su inclusión en el esquema teleológico de la evolución de las formas permitió retrotraer el origen del Arte Occidental seis milenios atrás, a la civilización sumeria. Con el giro estético-histórico se justificaba la presencia colonial, la mediación militar, la explotación de la población nativa y el expolio del patrimonio cultural.

La reducción de las estatuillas antiguas a obras de arte obedecía a una operación racional. La idea que la modernidad pudiese integrar positivamente fetiches era inconcebible. Los fetiches eran una otredad objetivable que, despojada de su poder, debía ser reescrita por la racionalidad cognoscitiva y estética.
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