El cineasta inglés Derek Jarman escribía sobre flores y colores con una erudición calada de ternura. Su último libro fue Chroma. A Book of Colour – June ‘93, un tratado sobre el color escrito un año antes de que una enfermedad derivada del sida le arrebatara la vida. Chroma es una conmovedora elegía hecha de observaciones sobre la obtención de pigmentos, citas sobre arte y filosofía y apuntes biográficos que oscilan entre el memorando de un pasado todavía candente y la crónica del avance de una enfermedad que le consumía, lenta y lacerante. En un momento en que debía tomar decenas de fármacos a diario para seguir vivo, escribió:

«A lo largo del siglo XIX, las grandes fábricas de tintes experimentan con el color científico y artificial. La invención de la malveína, la anilina y la fucsina, los tintes rojos, fue el puntapié inicial de Bayer, Ciba y muchas otras multinacionales. Volvieron a los colores explosivos. El furioso naranja del nitro. Pero no solo hacían bombas sino también drogas. Las píldoras que tragas hoy provienen del trabajo de los teñidores. En la antigüedad, el color (chroma) era considerado una droga (pharmakon). Cromoterapia» .

Esta observación perspicaz, que da cuenta de la dimensión estética, económica y política del color en la medicina, parte de un fragmento de la brevísima Historia de los colores de Manlio Brusatin. El historiador veneciano continúa el texto aseverando que el blanco higiénico, impuesto a partir del siglo dieciocho, «presupone una filosofía pragmática […] en la que todo otro color se refleja en una clara conciencia civilizadora, como una segunda piel, extendiendo una acción dominante de limpieza sobre las áreas de sombra». Lo que no detalla es que el blanco de cal, pese a ser el color insignia de la medicina moderna, entró en crisis en el seno de la institución, precisamente por motivos prácticos.

En mayo de 1914 Harry M. Sherman, un eminente médico del Policlínico de San Francisco, publicó un artículo en el que explicaba las virtudes del color «verde espinaca» en los quirófanos. Este tono de verde, complementario del rojo de la hemoglobina en la sangre de los animales vertebrados, resultó óptimo para sustituir al blanco, que reflejaba en exceso la luz y fatigaba la vista de los cirujanos. El «verde espinaca», presente en todos los hospitales y clínicas veterinarias, fue una sombra surgida de bajo la piel. Una simbiosis entre estética y biología que dio con un resultado radicalmente opuesto al determinismo de género, clase, raza y especie que propugnaba el blanco higiénico de la «conciencia civilizadora». Con el tiempo, al verde revolucionario se le unió el conciliador azul celeste, seguido del resto de colores.

Durante la segunda mitad del siglo veinte el color se consolidó en la medicina, junto al uso de nuevos materiales y la evolución exponencial de la tecnología. Al color se le asignó una función psicológica que, aplicada en grafismos, uniformes y arquitecturas, ayudaba a caracterizar las distintas unidades especiales en los cada vez mayores y más complejos centros sanitarios. Paralelamente, las imágenes se incorporaron a la detección y descripción de los agentes causantes de enfermedades, modificando para siempre la concepción de la medicina hospitalaria.

Actualmente, las imágenes y el color tienen más protagonismo que nunca. La robotización y el acceso remoto a macrodatos determinan una realidad en la que cirujano y paciente pueden fácilmente distar miles de kilómetros durante una operación. En febrero de 2019 se realizó la primera intervención quirúrgica teleasistida mediante conexión 5G. La operación tuvo lugar en el quirófano Optimus del Hospital Clínic de Barcelona. En este momento el quirófano más avanzado del mundo, es el órgano de la conectividad total: un ojo sin lagrimal cuya retina registra el mínimo detalle y cuyo iris es una inmensa aureola multicolor que tiñe por completo el espacio con sutiles variaciones de luz. El quirófano del «internet de las cosas» ha desplazado al contenedor pasivo revestido de azulejos y blanco de cal. La caleidoscópica puesta en escena del Optimus es la forma final de una estrecha relación entre medicina y color que en la cultura occidental se remonta a la antigüedad clásica.

En La enfermedad y sus metáforas, Susan Sontag propuso la figura de una «doble ciudadanía», con la que vivimos en el reino de los sanos y en el reino de los enfermos. Si, como se ha visto, la historia de la industria farmacéutica cabe en el color de una píldora; en el aparentemente anodino verde hospital late un potencial político sin precedentes; y la medicina augura un paradigma de asistencia hipermediatizada; es más necesario que nunca preguntarse cómo son y de qué representaciones se sirven las aduanas en las que se expiden los pasaportes de un reino al otro, con el fin de crear narraciones especulativas, alternativas al relato marcadamente positivista del progreso tecnológico en la medicina.
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