Puertas, pomos, paneles, estanterías modulares,

            que estaban allí y se movieron y transformaron y seguían allí

entarimados, listones, gradas, puertas correderas, mesas, sillas,

            reblandecidas por la humedad capilar veneciana

óculos, ventanas, un lucernario, zócalos, marcos, dinteles, jácenas, puntales,

            ensamblados con electrodos de soldadura

bulbos y apliques, fluorescentes y regletas, acometidas, derivaciones, tubos de PVC, tubos de cobre, tubos de polietileno y aluminio, cables, enchufes, interruptores, ramales, codos, llaves, grifos, sifones, desagües,

            válvulas y conductos y apéndices de

lámparas, flexos, ventiladores, calentadores, taladros, caladoras, sierras, percutores, routers, repetidores, antenas, radios, ecualizadores, altavoces, micrófonos, móviles, ordenadores, proyectores, una máquina de coser, una nevera, hornillos, cafeteras, paneles solares, cocinas parabólicas… bacterias, animales, plantas: una higuera, dos palmeras, semillas y esquejes varios, una enredadera de jazmín,

            plantada por

Duncan se viste nervioso, la performance comenzará en breve y el público está llegando. Guillem repasa el texto, susurra: «estromatolitos: restos de organismos celulares, que fueron de las primeras formas de vida en la tierra…». Se aleja. Recorre el espacio concentrado, con cautela, sin levantar la vista del papel. Es el tercer piso de un edificio industrial. Antes de ser un centro de creación artística había pertenecido a una empresa que comerciaba con todo tipo de bolsas, etiquetas, cintas y papeles. Cuando cesó la actividad, dejaron abandonadas inmensas estanterías metálicas que ahora sirven como divisorias que cruzan el local de punta a punta, trazando una diagonal. El sol empieza a ponerse por Bellvitge. En la tarima que resigue la fachada suroeste, los más puntuales se entretienen contemplando el conjunto de bloques de viviendas recortado a contraluz. Llega más gente. Para ir hasta la sala polivalente, donde está a punto de empezar la acción, se tiene que cruzar la planta entera. Pasados el despacho de producción y el estudio de los artistas residentes, se llega a la plaza central. Es el corazón de La Infinita, el lugar de encuentro arropado por el resto de espacios: la sala polivalente, los estudios, la residencia, los servicios, el altillo con gradas –desde el que se obtiene una panorámica de todo el espacio–, el almacén y el taller de construcción, que en este momento se usa como bar. Se sirven las últimas cervezas y alguien hace una fotografía desde detrás de la ventana circular a la mesa repleta de comida que preside el centro de la plaza. El banquete ofrecido a los asistentes forma parte de TENDER, la performance que presenta Duncan Gibbs y que introduce de la siguiente manera: «Tender means to show gentleness, kindness or affection. It is also a word that describes a person who looks after someone else, a machine or place». Siguen apareciendo bandejas con comida; humus de garbanzos, ensalada de lentejas verdinas con tomate y cilantro, y boniato horneado. La cocina se encuentra en la residencia, al final de un pasillo trapezoidal que da acceso a tres habitaciones. Cada habitación consta de un altillo y una doble altura. Los altillos se retranquean con salientes que buscan la luz natural y se asoman a los espacios comunes de la residencia, donde ya no queda nadie. Todo el mundo está en la sala polivalente. Guillem cubre la base de un pilar con yogurt líquido de color blanco aturquesado. La performance ha empezado. Una proyección muestra la imagen en directo de una cámara endoscópica sumergida en una sustancia azul. «I have interrupted and observed the interdependent microscopic networks of organisms that are essential in forming the building blocks of an ecosystem». Otra, un cohete que explota y esparce semillas por la ciudad. «If we zoom outwards to the human scale, we can see a parallel need for interdependency and cohesion. A need to care; not only for individuals but for ourselves as a collective body».
Mark