La escenografía en la Sala Beckett fue un intento de cartografiar la interferencia de HERE.
 
En el centro de la sala estaba la casa, una habitación flotante colgada del techo. Las paredes eran de poliéster transparente y servían de pantallas de proyección. Detrás de la casa había un jardín de césped artificial con plantas al que los personajes, desesperados, salían a fumar. Los muebles eran prismas de metacrilato con ruedas y focos en el interior. Tres lámparas, un televisor equipado con una cámara y una radio catalizaban la comunicación entre dimensiones.

La verdadera escenografía estaba en el perímetro técnico, la frontera difusa entre lo posible y la ficción. La puesta en escena precisó de tantos técnicos como actores; situados a plena vista, producían un ambiguo segundo nivel de representación. Tres plataformas elevadas rodeaban al público, una para cada costado las gradas. Se equiparon con una cuarentena de focos y tres proyectores. El aspecto del conjunto era una mezcla entre un estadio deportivo y un plató de televisión. Los focos, los proyectores, los altavoces, los micrófonos, las lámparas, la cámara, el televisor y la radio eran terminaciones de una red interconectada que distribuía flujos sin cesar. Los técnicos, repartidos por las plataformas, gestionaban la red. La información era modificada, desviada, compartida o aislada mediante nodos: interruptores, moduladores, mezcladoras y ordenadores con softwares de edición.

La urdimbre tecnológica era tan compleja como, a veces, inútil. La señal de internet, lo único imprescindible y sobre la que no teníamos control, caía con total aleatoriedad.

Resultó que la interferencia no la representábamos nosotros. Tampoco era la que estaba en el guion.
Mark